Regados en alcohol

Dijiste que sabías cuales eran los límites pero fuiste incapaz de respetarlos. Nada más vernos me regalaste, o me robaste, un beso. Pero yo no opuse resistencia. Te recordé los límites. Me ofreciste tu versión de por qué no importaban, de por qué no estaba mal, con tus argumentos regados en alcohol y con las ganas que nos teníamos. ¿No te gusta? Preguntaste mientras juntabas tus labios con los míos, poniéndote de puntillas para llegar, mientras yo apoyaba mi espalda en la pared, pensando que así, si no me movía, la culpa, la mía, no sería tanta.

Pero me dejé convencer, regado en alcohol, y cogí tu cintura, te apreté contra mí y comenzamos un baile en el que nuestras bocas, nuestras lenguas, nuestros labios, hacían por conocerse mejor. Y de tanto en tanto jugábamos a contarnos quienes éramos, por qué estábamos allí y dónde querríamos estar. Y tu sinceridad, esa que no tenía límites, aunque estuviera regada en alcohol, me parecía de admirar. Y me haces, por momentos, sentirme importante, sentir que alguien me escucha, sentir que no paso tan desapercibido, que hay gente que se fija en otras cosas y no solo en el físico, que aunque yo no tengo quejas, quizás algún complejo, me gusta la gente que tiene algo en la cabeza y que la usa para pensar.

Me reclamas besos que no te puedo negar. Te siento cerca, sentados en un banco, mientras la suavidad de tu piel me impide apartar mis dedos y dejarte de acariciar. Recorro tu cuello con mi boca y con mi lengua, y con mi aliento sobre tu oreja me confiesas que estás mojada mientras notas mi erección en la palma de tu mano. Te cojo con las mías la cara y te beso. Uno más de los muchos que nos damos. Las palabras que nos dijimos las guardaré en un cajón, pero esa noche nos amamos, regados en alcohol.